sábado, 13 de junio de 2009

viernes, 12 de junio de 2009

PEDALS DE FOC 6-11 / 06 / 2009































Una excursión por Pirineos, un recorrido excelente, unos paisajes extraordinarios, una compañía excepcional, una experiencia excitante … todo muy EX… porque ya ha terminado ..sniifff….

Un prosista chapuchero como yo no sabría juntar las palabras de forma que pudiera acercaros a lo acontecido estos días, así que traemos hasta estos bytes un cronista invitado, nuestro compañero de pedales Pablo , sin más os dejo con su narración, disfrutarla :





EL CAMINO DE LA ERMITA

“el mundoes una actividad de la mente,un sueño de las almas,sin base ni propósito ni volumen”
(J.L. Borges)



Para Tato y para Karina y para Pepe, y para Asun y para Lillo y para David y para Ángel y para María y para Conchi y para Edgard y para Jarpo.

Aunque han pasado ya muchos años, recuerdo aquellos días como si aún el viento frío de las cumbres me cortara el rostro. Fue durante los años de la depresión, aquello que entonces se denominó “crisis”. El mundo occidental y rico hacía por entonces equilibrios intelectuales mientras al otro lado la anodina muerte lo silenciaba todo. La corrupción moral y la vulgaridad política se habían instalado en España por todos lados y una ignorancia depauperada, sí, empobrecida, aupaba de nuevo a un gobierno de derechas ante el asombro de un sentido común en horas bajas. Yo estudiaba Derecho. En mi segundo año, aún trataba de encajar, un poco a golpes, una cierta idea de justicia, muy vaga, proveniente de mis años infantiles, con aquellas enseñanzas a las que no conseguía considerar ni teóricas ni prácticas.
Acababa de comenzar Junio y unos días climatológicamente inquietos me llevaron a Viehla. Silvia era ya un recuerdo dulce. Paseaba en solitario por la ciudad, poco antes de que en la Iglesia de Santa Maria de Mijaransonaran las campanas de las nueve, cuando, por la puerta del hotel Pirene, vi salir a dos hombres. Uno, de hombros exageradamente caídos, otro, extremadamente delgado. Había algoturbador entre ambos. Algo inexplicable, quizá irracional, que entonces no supe siquiera intentar entender. Uno parecía hablar en una especie de monólogo ininterrumpido, que provocaba la sonrisa del otro, y, en ocasiones, la propia. El otro, el delgado, claramente más joven, se mantenía siempre en silencio, como si no comprendiera del todo. No me hubieran llamado tan poderosamente la atención si tres días después no los hubiera vuelto a ver, cuando yo bajaba desde el Montsent de Pallars hacia Espui. Iban en bici, y subían conversando amigablemente, alternando risas y sonrisas. Me sorprendió la ausencia de crispación, y un nuevo equilibrio, totalmente irracional.
Hay, lo sé, momentos en que las imágenes nos muestran lo inefable, sin que seamos capaces siquiera de acercarnos a sus razones. Si hubo algo de irracional en mi sorpresa, lo admito, y si me percepción estaba alterada, sólo queda de indudable la inquietud que aquel contraste, probablemente banal, me produjo. Aquella noche no dormí. Las dos siguientes tampoco. Me asaltaban dos dudas; una, la del tiempo, la otra, como dije, era la falta de lógica de mi propia percepción.
Pensé que un cierto enloquecimiento me invadía, por la ansiedad que un encuentro tan insignificante me provocaba. El sábado bajé al mercado. Esa mañana, nada parecía haber cambiado. Eso me turbó aún más. Si algo parecía transformarse tan rápidamente y con tanto desorden y otro algo se resistía a cambiar, si lo nuevo no empujaba a lo viejo por todos lados, sólo cabía una posibilidad: la metamorfosis era efecto de mi propio cerebro, y el mundo, el hecho constatado del mundo (define “mundo”, pensé), podría no ser sino una construcción de la imaginación. Aunque la idea no era, por supuesto, nueva, sino algo presente en toda la filosofía del diecinueve, a mi me asaltaba por primera vez. “Así está el tema”, me dije, confuso.
El lunes llamé a la universidad; les hice saber que me ausentaría de las clases durante un tiempo, “por enfermedad”. Por la tarde, aquel mismo lunes, como si yo mismo no guiara mis propios pasos, llegué al lugar donde por primera vez les vi. Entré en el hotel, un hotel viejo, probablemente de los años setenta, y fui directamente a recepción. Sorprendiéndome a mi mismo pregunté por ellos, hice la descripción de ambos, y esperé una respuesta. Había algo detectivesco, como si buscara la escena de un crimen. Así me ví a mi mismo, indagando en vidas ajenas. La joven de recepción, muy agradable, no pareció, por suerte, entenderlo así. “Uno ha venido por aquí varias veces”, “iban en grupo, salieron hace unos días a hacer la Pedals de Foc”. “¿La Pedals de Foc?”, pregunté. “Es una ruta en bici de montaña que rodea el parque nacional de Aigüestortes”. Por no parecer imprudente, di las gracias y me marché.
Tenía ya, de momento, una pista a seguir, que quizá resolviera mis dudas, aunque, en todo caso, de momento, no la consideraba más que una amenaza. La recompensa o el castigo podría ser infinita: el descubrimiento de las diferentes caras del tiempo o la falta de lógica de mi propia imaginación.En aquel momento no reconocí lo absurdo de mi comportamiento; una imagen me confrontaba con estas ideas, y, para solucionarlo, me hallaba persiguiendo a los actores de dicha escena. ¡Cómo si ellos pudieran tener algo que ver con el apacigüamiento de mis angustias! Debía haber, en mi, un pensamiento causal, que debía conducirse así: si ellos fueron capaces de provocar la pregunta, quizá ellos mismos sean capaces de generar la respuesta. Por la noche, a través de la red, ya tenía toda la información de aquella ruta, y, a la mañana siguiente ya había alquilado una bici y todo el material necesario, y me disponía, una vez atravesado el túnel de Viehla en el taxi de la organización, a comenzar mi pedaleo.
Para mi, el único objetivo era resolver mis preguntas a través del conocimiento de aquellos personajes, que me resolverían las caras del tiempo o las trampas de la imaginación. O al menos así lo pensaba yo. De los primeros pasos me sorprendieron las piedras y el agua; todo estaba lleno de pequeños arroyos que cruzaban el camino, que muchas veces no eran más que la línea del propio arroyo. No había pensado nunca que esos tramos pudieran hacerse en bici, pero imaginé al grupo al que perseguía sin dificultad, al atravesar los arroyos, dejarse caer por el pedregal, subir las cuestas llenas de piedra y bajarlas de nuevo, pegados al barranco. A alguno lo imaginé torpe con torpeza natural, de esa que se lleva toda la vida, dando con sus huesos en el suelo y dejándose caer, sin mayores consecuencias (en eso fui yo mismo el que limité a mi imaginación) por el inicio del barranco, provocando en los más emocionales de entre sus compañeros un casi llanto. Y luego, arriba, en la encrucijada de la bajada, cuando desde Vilaller se ha hecho la subida, en silencio unos, en resuelta charla otros.
Y aunque es verdad que algo de la realidad me dice que no puede ser, la imagen está ahí, casi ficticia pero real, aquellas dos figuras casi reales, quizá irracionales, subiendo cuestas y montes en animada conversación. Y, desde allí, imaginar al grupo, algunos por el sendero que va dentro del bosque bajar hasta Llesp,otros por el lateral de la vista más bella del pirineo. Por lo que dicen los caminantes, la senda era una senda bella, estrecha, divertida, revirada, rápida, una de esas en las que gozan los locos. Allí me los imagino a algunos, a los dos irracionales, al sensible, quizá poniendo a prueba su sensibilidad, quién sabe, y a una mujer que como me van a decir en breve, en casa Joanot, es una mujer de rituales. Me los imagino por conjetura, confundiendo sus rostros, suponiéndolos tan cuatro como cinco, sin saber quien es quien, hasta que en una aldea que lo es casi por milagro, llamada Iran, “vaya jugarreta la del tocayo”, pienso, “en estos días”, me decido a parar a comer, no sólo por deseo propio, sino por imposición de la organización; imposición que es ayuda, ya que ir sellando de hito en hito me asegurará pasar por los lugares por los que hayan pasado aquellos que me llevarán a la luz, vamos a llamarlo luz…
La camarera era una mujer grande, una mujerona, vamos; una molinera, para los que buscan tipos. Era de una brusquedad casi indefinible; había algo maternal, amable, en aquel desorden de fuerzas en el que escaseaba la belleza. Allí comí mal. Aunque mi cabeza sólo buscaba la forma de preguntar por “mi grupo”.
-¿No se acordará de un grupo que pasó por aquí hace unos días?
- ¡¡claro!!, - contestó, - nunca olvido una cara.
Me quedé sorprendido. Ante esa respuesta qué podía decir. Sólo me salió una estupidez:
-… de unas diez personas.
- eran siete, - dijo, firme, - a uno le tenían encargado de ir a coger cervezas, porque bebían cerveza, los señores que usted busca, se acabaron todas las San Miguel. Comían como pajaritos y hablaban de más, pero cerveza bebían. Había uno que no decía ni pío, con cara de extranjero, que era catalán, durmió aquí y al día siguiente salió temprano para buscar a los otros. Luego uno con cara de moro; un tipo con barba, de esos que no sabe uno si es Cantinflas, el Ché, o un mendigo que viene a vendertekleanex. Luego una chica, una tisquismiquis, de esas niñas a las que le falta campo, que si no come esto, que si no come lo otro, que si me puede traer la pasta sin tomate, el huevo sin huevo, la cerveza sin alcohol, el café sin cafeína, la leche sin leche. En fin, le exagero, pero a esas niñas les faltan campesinos de manos grandes, ya sabe. Lo convierten todo en un ritual, vestirse, desvestirse, comer, descansar, y, a falta de pan…
- sí, sí, - asentí, sin atreverme a llevarle la contraria
- Había también otra mujer, parecía dulce, sonreía, pero no la oí decir nada. Allí sólo había uno que hablaba, todo el rato, uno de esos tipos que la sacan a una de quicio, y que luego cuando les da unauna voz se esconden con el rabo entre las piernas. Era un tipo sin hombros. Como el que estaba a su lado, al que llamaban “Jarpo”, un medio hombre, sin carne, casi sin cuerpo, de esa gente que parece no haber comido nunca, que parece llevar no otra cosa sino mangas de hambre. Supongo que es a esos a los que busca, se lo noto en la cara. Vaya con cuidado. Shackelton no hay más que uno. Ya me entiende.
Asentí. No tenía ni idea quien era Shackelton.
Gotarta, una pequeña iglesia con paredes iluminadas por el atardecer en la ladera de un valle que parecía estar cayéndose. Una aldea menos aldea que Iran, con más sol y el mismo silencio. Me tumbé en el prado, a descansar, rodeado por el verde. “la maldita circunstancia del verde por todas partes”, como le hubiera gustado decir a Virgilio Piñera, si hubiera vivido por estos lares. Mi imaginación se detuvo, mi tiempo también. Por una vez, ambos coincidían. No fui consciente de ello hasta muchos días después, al recordar una conversación con Merçé, la mujer que regentaba casa Vilaespasa, una criatura delgada, de nariz afilada, catalana hasta las nalgas.
- No sé lo que hicieron por la tarde, pero eran diez y vinieron en dos grupos. Primero cuatro, dos parejas. Comieron, se ducharon, les puse unas hamacas en la “Era”, y, a gozar. Los otros vinieron más tarde, eran seis, y se debieron ir de uno en uno, casi
- ¿diez?-, pregunté, sorprendido.
- Sí, sí, diez. Tres parejas, tres tíos raros, que durmieron juntos para que la cuarta pudiera dormir tranquila, sin ronquidos, eso lo oí que lo comentaban en la cena, no se vaya a creer que escucho detrás de las puertas. De las parejas, ya sabe, no se puede decir mucho, uno las ve como las ve, y calla, es lo mejor. Pero de los otros, de esos le puedo contar. Imagínese que les puse una tabla de embutidos, butifarra, y albóndigas, y aquella muchachita anti ronquidos no probó ni pizca. En fin, no es por opinar. Y luego el otro, el de los vídeos, porque montaba vídeos de lo que habían hecho durante el día. Algo aficionado, de esos vídeos que se cortan y se quedan sin voz o sin imagen, en fin, qué le voy a contar. Y el tío ni un minuto sin hablar se quedaba, qué digo ni un minuto; ni un segundo. Y ahí tenías al otro, al flaco, que casi se marcha sin pagarme la tónica, porque esta gente de Madrid no son de fiar, ya sabe, riéndose sin parar del gracioso, que me dejó las sábanas en ascuas, todas llenas de agujeros. Y el de barba; el abuelo cebolleta le llamábamos, cariñosamente, se entiende, toda la cena sonriendo, como si sólo pensara.
- ¿Y no había uno así, raro, como con cara de extranjero?
- No, no que yo recuerde.
Disfruté de aquella cena, una cena que reproducía la de mi “grupo”, del que algunos personajes parecían ir tomando características claras, y otros se diluían, entre los siete y los diez. Disfruté porque Merçé, “la Regenta”, estaba borracha, y me hablaba y hablaba de ellos apasionadamente. Y si bien me había imaginado a la camarera de casa Joanot, como aquella mujer que sacó a Neruda de la virginidad aquella noche entre los maizales, allí estaba yo, sin saber cómo, entre las sábanas de la regenta flaca, cuando la mañana clara me despertó para seguir mi viaje.
Subía dura la pista de grava, y subía dura la carretera para empezar, bajaba de forma rápida y pedregosa y volvía a subir, con tramos durísimos y con mucha piedra. Me imaginaba al grupo, de siete, o de diez, como una línea estirada en el horizonte, como ovejas descarriadas. Aunque, sin saber muy bien porqué había una pareja que no se separaba nunca. Eran, en mi imaginación, como Pili y Mili, pero, y eso era lo divertido, Mili era calvo y Pili tenía el carácter del que no se baja de la burra, ya les hablaré de eso.
Las nubes se habían ido acercando y los rebaños eran como manchas blancas sobre fondo verde y gris acariciando la piedra. Eran rebaños casi infinitos. Al observarlos, fascinado, pensé en aquel hombre de hombros bajos: ¿no era él también un pastor con su rebaño? ¿Y no sería aquel bicho flaco su perro? Como todos los pastores, adquieren su fuerza en situaciones difíciles, en las que las circunstancias se complican. Porque aquel camino, que nos había llevado hasta la ermita de Coll, era ahora una bajada por la que jugarse la vida. Y aquel hombre, pastor de ovejas, predicador de silencios ajenos, director de escena, paradójico caminante del camino del medio, payaso y comerciante, tan conocedor de las palabras como alejado de ellas, bajaba ahora como un equilibrista, tal y como yo me lo imaginaba mientras cargaba mi propia bici al hombro, por aquellas tropelías que Dios había dejado en el camino para permitirle burlarse de él; del mismo Dios. Detrás, su perro pastor, jadeante, intentaba no perder al amo.
Así los vi, a ellos y a las ovejas, cargando sus bicicletas pedregal abajo, hasta que los perdí bajo la lluvia camino de Espui, donde un señor que parecía Gepeto me negó el bocadillo de las tres, “por tener que limpiar la cocina”, antes de que la lluvia lo inundara todo, y desde el vacío de lo empapado, aquella sopa, aquel codillo, aquel redondo, y esos embutidos mágicos me emborracharan de saciedad, abotargaran mi humor y mi imaginación y me permitieran dormir casi olvidando el motivo por el que estaba en aquel pueblo pirenaico.
Amaneció despejado. Desayunando le sugerí a Gepeto que unos amigos míos habían estado allí hacía poco y me habían hablado muy bien de aquello.
- Por aquí pasa mucha gente, -dijo, secamente, atajando el tema.
Desde allí, la belleza del valle era para muchos la mayor del trayecto. Un valle abierto, descubierto; un espacio para los buitres, un paraíso para los quebrantahuesos que algunos dicen haber visto. Y arriba, en el Coll del Triador, tras 13 kilómetros de animada conversación (porque aquella era la única imagen que tenía de mis dos personajes; eso sé que era real), el frío. Y aunque en mi imaginación hay una mujer a la que casi no oigo, la oigo decir, esta vez, por entre los neveros de la cuerda, con voz grave: “es que dos mil metros son dos mil metros, se mire desde donde se mire”. Y ante tamaña verdad los demás, atónitos frente a la tautología, asienten, incapaces de decir una cosa con menos esquinas.
De vuelta a las subiditas se alcanza el Coll de la Portella, entre pistas por las que me imagino ya el cansancio de aquellos a los que sigo. Y, desde allí, enloquecidos seguramente de nuevo por el delirio del descenso, se tiran hacia abajo, hacia la estación de esquí de Espot, y luego hacia Espot; unos, como locos, otros con prudencia, otros con mucha prudencia. Como un juego de caracteres. ¡¡Qué sabia la imaginación, por muy equivocada que presente sus datos!! Qué bien reparte las dosis, qué bien crea equilibrios. Podría darse que todos bajaran con prudencia, que todos bajaran como locos, que todos dieran su brazo a torcer, pero no, como una procesión en la que cada palo sujeta su vela, cada uno en equilibrio con el otro, cada parte, una luz en el dibujo del conjunto. Y el flaco pidiéndole la bici a la mujer del calvo, y ella sin bajarse de la burra, como decía, “que no, que no, que esta es mi burra”, una sonrisa callada pero de “aquí no me bajo”. Me pregunto para que querría el flaco la burra de aquella mujer, teniendo la suya, mucho más sana… Pero creo que estoy desvariando, viendo burras por Alpujarras que son Pirineos en bici, parejas hablando en silencio; siempre es mejor así, es mejor no saber que se dicen en la intimidad las parejas, para no asustarse, contentarse con sus movimientos públicos, que son más verdaderos que la mentirosa palabra. Eso quizá no lo supiera el pastor de ovejas, probablemente un ateo bajando por entre las piedras como Jesús caminando por entre las olas. Santo Dios, qué libertad la del ateo, poder utilizar a Jesús y a Dios por capricho, traerlo y devolverlo sin la pesada carga de la Fé. Pero entonces, ¿qué hay de la justicia? ¿Es también ella un movimiento natural, un reflejo de la ley de Arquímedes?. Si es mi imaginación la que percibe en una imagen la locura y en otra la paz, si mi imaginación organiza equilibradamente los caracteres de aquellos a los que no visto nunca, o de aquellos de los que sólo tiene una imagen, ¿no será la justicia, ese invento humano perdido y fuera las leyes de la naturaleza, también objeto de ellas?
Hasta qué punto se pervierte el pensamiento, hasta qué punto delira la imaginación. Rodeado de verde, me parece sentir la liberación de mis imágenes, anárquicas, desordenadas, libres, cuya hilazón no es ya una necesidad de ellas, sino un indicio de un pasado en el que la lógica me llevaba con correa. Como si sintiera mi ladrido, ladro. El hombre puede ladrar, si así se lo pide la naturaleza, aún cuando la lógica a la que se deba parezca impedírselo. Lo he visto, lo he visto. “El último estadio de la belleza antes de la muerte es la locura”. El valle de Rilke, la “verdad”, no tiene líneas claras, los conceptos humanos son equilibrios ficticios. Ni el tiempo ni la percepción deben ceder a los pormenores de la lógica.
En Espot, tomé algo, aturdido, en la Tasca, una catalana generosa en carnes me sirvió un pan con embutido de la zona.
- ¿No se acordara usted…?, - iba a preguntar.
- ¿Del grupo que busca?, - preguntó ella.
Mi aturdimiento fue total; estos personajes lo saben todo. Mi labor de detective era absurda desde el principio. Ellos sabían desde el principio a quién buscaba, lo que quería oír. La camarera de Joanot, Merçé, y hasta Gepeto sabían lo que necesitaba escuchar de aquel grupo para seguir manteniendo el espíritu de búsqueda abierto. Sabían como hacer enamorarme de mis personajes y de las características de cada uno, más allá de ningún valor. Sabían darme datos confusos para que yo siguiera buscando.
- Eran once, - dijo, - supongo que ya andaba tras la pista, le falta su Ismael.
Esos personajes leían también mi pensamiento. En Espot coincidirían todos; las tres parejas, los tres de la casa de Merçé, la muchacha “del huevo sin huevo”, y aquel extraño catalán extranjero, que es verdad, yo empezaba a considerar nuestro Ismael, un silencioso observador de lo que pasaba, el tercer ojo del grupo, un Gran Hermano que lo ve todo, presente, sin intervenir, que iba y venía como el Guadiana, estar sin estar, no estar estando, esa cualidad de la que iba a ser princesa: “no venga por el camino ni por fuera del camino, ni desnuda ni vestida, ni andando, ni corriendo” Y fue con una red sobre su piel desnuda, dando saltitos por el borde del camino. Y así fue Princesa. Un Isamel, un marcado. Si tuviera una hija, ella probablemente sería elegida por el hombre sin hombros o por el hombre flaco.
- ¿No tendrás una hija, Edgard?, - le preguntarían al día siguiente, en el santuario de Montgarry.
En Casa Masover dormí bien, era un refugio pero no había nadie, así que tenía una habitación para mi. Tras la Ermita de románico lombardo había un camino, me llevaría junto al río que es la vida, el agua que pasa y que pasa mientras uno la observa desde el puente, sin miedo, sin querer detenerla, me haría atravesar el bosque de las sombras; no otra cosa que la oscuridad de la belleza, el azar de la imaginación, el útero del mundo, y, después, desde la cumbre, allí desde donde se siente la distancia que hay entre lo humano a lo divino, dejarse caer por pistas rápidas y pedegrosas a la vera del barranco, por sendas estrechas y reviradas como un día de feria o por la montaña rusa de los caminos empinados. El gran juego de la luz, en un solo día.
Mis personajes gozarían en aquel día nublado, si cogían el sendero de la Ermita. Hoy, aquel día, yo mismo les perseguiría, vería la marca de sus bicis; siete, diez u once, como si fueran reales. Y, después, despojado de mis dudas, volvería a casa. Dejaría la universidad para siempre para volver una y otra vez, como un loco, por el camino de la Ermita.