fotomontaje pedals 2009 from jose izquierdo on Vimeo.
sábado, 13 de junio de 2009
viernes, 12 de junio de 2009
PEDALS DE FOC 6-11 / 06 / 2009
Una excursión por Pirineos, un recorrido excelente, unos paisajes extraordinarios, una compañía excepcional, una experiencia excitante … todo muy EX… porque ya ha terminado ..sniifff….
Un prosista chapuchero como yo no sabría juntar las palabras de forma que pudiera acercaros a lo acontecido estos días, así que traemos hasta estos bytes un cronista invitado, nuestro compañero de pedales Pablo , sin más os dejo con su narración, disfrutarla :
EL CAMINO DE LA ERMITA
“el mundoes una actividad de la mente,un sueño de las almas,sin base ni propósito ni volumen”
(J.L. Borges)
“el mundoes una actividad de la mente,un sueño de las almas,sin base ni propósito ni volumen”
(J.L. Borges)
Aunque han pasado ya muchos años, recuerdo aquellos días como si aún el viento frío de las cumbres me cortara el rostro. Fue durante los años de la depresión, aquello que entonces se denominó “crisis”. El mundo occidental y rico hacía por entonces equilibrios intelectuales mientras al otro lado la anodina muerte lo silenciaba todo. La corrupción moral y la vulgaridad política se habían instalado en España por todos lados y una ignorancia depauperada, sí, empobrecida, aupaba de nuevo a un gobierno de derechas ante el asombro de un sentido común en horas bajas. Yo estudiaba Derecho. En mi segundo año, aún trataba de encajar, un poco a golpes, una cierta idea de justicia, muy vaga, proveniente de mis años infantiles, con aquellas enseñanzas a las que no conseguía considerar ni teóricas ni prácticas.
Acababa de comenzar Junio y unos días climatológicamente inquietos me llevaron a Viehla. Silvia era ya un recuerdo dulce. Paseaba en solitario por la ciudad, poco antes de que en la Iglesia de Santa Maria de Mijaransonaran las campanas de las nueve, cuando, por la puerta del hotel Pirene, vi salir a dos hombres. Uno, de hombros exageradamente caídos, otro, extremadamente delgado. Había algoturbador entre ambos. Algo inexplicable, quizá irracional, que entonces no supe siquiera intentar entender. Uno parecía hablar en una especie de monólogo ininterrumpido, que provocaba la sonrisa del otro, y, en ocasiones, la propia. El otro, el delgado, claramente más joven, se mantenía siempre en silencio, como si no comprendiera del todo. No me hubieran llamado tan poderosamente la atención si tres días después no los hubiera vuelto a ver, cuando yo bajaba desde el Montsent de Pallars hacia Espui. Iban en bici, y subían conversando amigablemente, alternando risas y sonrisas. Me sorprendió la ausencia de crispación, y un nuevo equilibrio, totalmente irracional.
Hay, lo sé, momentos en que las imágenes nos muestran lo inefable, sin que seamos capaces siquiera de acercarnos a sus razones. Si hubo algo de irracional en mi sorpresa, lo admito, y si me percepción estaba alterada, sólo queda de indudable la inquietud que aquel contraste, probablemente banal, me produjo. Aquella noche no dormí. Las dos siguientes tampoco. Me asaltaban dos dudas; una, la del tiempo, la otra, como dije, era la falta de lógica de mi propia percepción.
Pensé que un cierto enloquecimiento me invadía, por la ansiedad que un encuentro tan insignificante me provocaba. El sábado bajé al mercado. Esa mañana, nada parecía haber cambiado. Eso me turbó aún más. Si algo parecía transformarse tan rápidamente y con tanto desorden y otro algo se resistía a cambiar, si lo nuevo no empujaba a lo viejo por todos lados, sólo cabía una posibilidad: la metamorfosis era efecto de mi propio cerebro, y el mundo, el hecho constatado del mundo (define “mundo”, pensé), podría no ser sino una construcción de la imaginación. Aunque la idea no era, por supuesto, nueva, sino algo presente en toda la filosofía del diecinueve, a mi me asaltaba por primera vez. “Así está el tema”, me dije, confuso.
Pensé que un cierto enloquecimiento me invadía, por la ansiedad que un encuentro tan insignificante me provocaba. El sábado bajé al mercado. Esa mañana, nada parecía haber cambiado. Eso me turbó aún más. Si algo parecía transformarse tan rápidamente y con tanto desorden y otro algo se resistía a cambiar, si lo nuevo no empujaba a lo viejo por todos lados, sólo cabía una posibilidad: la metamorfosis era efecto de mi propio cerebro, y el mundo, el hecho constatado del mundo (define “mundo”, pensé), podría no ser sino una construcción de la imaginación. Aunque la idea no era, por supuesto, nueva, sino algo presente en toda la filosofía del diecinueve, a mi me asaltaba por primera vez. “Así está el tema”, me dije, confuso.
El lunes llamé a la universidad; les hice saber que me ausentaría de las clases durante un tiempo, “por enfermedad”. Por la tarde, aquel mismo lunes, como si yo mismo no guiara mis propios pasos, llegué al lugar donde por primera vez les vi. Entré en el hotel, un hotel viejo, probablemente de los años setenta, y fui directamente a recepción. Sorprendiéndome a mi mismo pregunté por ellos, hice la descripción de ambos, y esperé una respuesta. Había algo detectivesco, como si buscara la escena de un crimen. Así me ví a mi mismo, indagando en vidas ajenas. La joven de recepción, muy agradable, no pareció, por suerte, entenderlo así. “Uno ha venido por aquí varias veces”, “iban en grupo, salieron hace unos días a hacer la Pedals de Foc”. “¿La Pedals de Foc?”, pregunté. “Es una ruta en bici de montaña que rodea el parque nacional de Aigüestortes”. Por no parecer imprudente, di las gracias y me marché.
Tenía ya, de momento, una pista a seguir, que quizá resolviera mis dudas, aunque, en todo caso, de momento, no la consideraba más que una amenaza. La recompensa o el castigo podría ser infinita: el descubrimiento de las diferentes caras del tiempo o la falta de lógica de mi propia imaginación.En aquel momento no reconocí lo absurdo de mi comportamiento; una imagen me confrontaba con estas ideas, y, para solucionarlo, me hallaba persiguiendo a los actores de dicha escena. ¡Cómo si ellos pudieran tener algo que ver con el apacigüamiento de mis angustias! Debía haber, en mi, un pensamiento causal, que debía conducirse así: si ellos fueron capaces de provocar la pregunta, quizá ellos mismos sean capaces de generar la respuesta. Por la noche, a través de la red, ya tenía toda la información de aquella ruta, y, a la mañana siguiente ya había alquilado una bici y todo el material necesario, y me disponía, una vez atravesado el túnel de Viehla en el taxi de la organización, a comenzar mi pedaleo.
Para mi, el único objetivo era resolver mis preguntas a través del conocimiento de aquellos personajes, que me resolverían las caras del tiempo o las trampas de la imaginación. O al menos así lo pensaba yo. De los primeros pasos me sorprendieron las piedras y el agua; todo estaba lleno de pequeños arroyos que cruzaban el camino, que muchas veces no eran más que la línea del propio arroyo. No había pensado nunca que esos tramos pudieran hacerse en bici, pero imaginé al grupo al que perseguía sin dificultad, al atravesar los arroyos, dejarse caer por el pedregal, subir las cuestas llenas de piedra y bajarlas de nuevo, pegados al barranco. A alguno lo imaginé torpe con torpeza natural, de esa que se lleva toda la vida, dando con sus huesos en el suelo y dejándose caer, sin mayores consecuencias (en eso fui yo mismo el que limité a mi imaginación) por el inicio del barranco, provocando en los más emocionales de entre sus compañeros un casi llanto. Y luego, arriba, en la encrucijada de la bajada, cuando desde Vilaller se ha hecho la subida, en silencio unos, en resuelta charla otros.
Y aunque es verdad que algo de la realidad me dice que no puede ser, la imagen está ahí, casi ficticia pero real, aquellas dos figuras casi reales, quizá irracionales, subiendo cuestas y montes en animada conversación. Y, desde allí, imaginar al grupo, algunos por el sendero que va dentro del bosque bajar hasta Llesp,otros por el lateral de la vista más bella del pirineo. Por lo que dicen los caminantes, la senda era una senda bella, estrecha, divertida, revirada, rápida, una de esas en las que gozan los locos. Allí me los imagino a algunos, a los dos irracionales, al sensible, quizá poniendo a prueba su sensibilidad, quién sabe, y a una mujer que como me van a decir en breve, en casa Joanot, es una mujer de rituales. Me los imagino por conjetura, confundiendo sus rostros, suponiéndolos tan cuatro como cinco, sin saber quien es quien, hasta que en una aldea que lo es casi por milagro, llamada Iran, “vaya jugarreta la del tocayo”, pienso, “en estos días”, me decido a parar a comer, no sólo por deseo propio, sino por imposición de la organización; imposición que es ayuda, ya que ir sellando de hito en hito me asegurará pasar por los lugares por los que hayan pasado aquellos que me llevarán a la luz, vamos a llamarlo luz…
La camarera era una mujer grande, una mujerona, vamos; una molinera, para los que buscan tipos. Era de una brusquedad casi indefinible; había algo maternal, amable, en aquel desorden de fuerzas en el que escaseaba la belleza. Allí comí mal. Aunque mi cabeza sólo buscaba la forma de preguntar por “mi grupo”.
-¿No se acordará de un grupo que pasó por aquí hace unos días?
- ¡¡claro!!, - contestó, - nunca olvido una cara.
Me quedé sorprendido. Ante esa respuesta qué podía decir. Sólo me salió una estupidez:
-… de unas diez personas.
- eran siete, - dijo, firme, - a uno le tenían encargado de ir a coger cervezas, porque bebían cerveza, los señores que usted busca, se acabaron todas las San Miguel. Comían como pajaritos y hablaban de más, pero cerveza bebían. Había uno que no decía ni pío, con cara de extranjero, que era catalán, durmió aquí y al día siguiente salió temprano para buscar a los otros. Luego uno con cara de moro; un tipo con barba, de esos que no sabe uno si es Cantinflas, el Ché, o un mendigo que viene a vendertekleanex. Luego una chica, una tisquismiquis, de esas niñas a las que le falta campo, que si no come esto, que si no come lo otro, que si me puede traer la pasta sin tomate, el huevo sin huevo, la cerveza sin alcohol, el café sin cafeína, la leche sin leche. En fin, le exagero, pero a esas niñas les faltan campesinos de manos grandes, ya sabe. Lo convierten todo en un ritual, vestirse, desvestirse, comer, descansar, y, a falta de pan…
- sí, sí, - asentí, sin atreverme a llevarle la contraria
- Había también otra mujer, parecía dulce, sonreía, pero no la oí decir nada. Allí sólo había uno que hablaba, todo el rato, uno de esos tipos que la sacan a una de quicio, y que luego cuando les da unauna voz se esconden con el rabo entre las piernas. Era un tipo sin hombros. Como el que estaba a su lado, al que llamaban “Jarpo”, un medio hombre, sin carne, casi sin cuerpo, de esa gente que parece no haber comido nunca, que parece llevar no otra cosa sino mangas de hambre. Supongo que es a esos a los que busca, se lo noto en la cara. Vaya con cuidado. Shackelton no hay más que uno. Ya me entiende.
Asentí. No tenía ni idea quien era Shackelton.
Gotarta, una pequeña iglesia con paredes iluminadas por el atardecer en la ladera de un valle que parecía estar cayéndose. Una aldea menos aldea que Iran, con más sol y el mismo silencio. Me tumbé en el prado, a descansar, rodeado por el verde. “la maldita circunstancia del verde por todas partes”, como le hubiera gustado decir a Virgilio Piñera, si hubiera vivido por estos lares. Mi imaginación se detuvo, mi tiempo también. Por una vez, ambos coincidían. No fui consciente de ello hasta muchos días después, al recordar una conversación con Merçé, la mujer que regentaba casa Vilaespasa, una criatura delgada, de nariz afilada, catalana hasta las nalgas.
- No sé lo que hicieron por la tarde, pero eran diez y vinieron en dos grupos. Primero cuatro, dos parejas. Comieron, se ducharon, les puse unas hamacas en la “Era”, y, a gozar. Los otros vinieron más tarde, eran seis, y se debieron ir de uno en uno, casi
- ¿diez?-, pregunté, sorprendido.
- Sí, sí, diez. Tres parejas, tres tíos raros, que durmieron juntos para que la cuarta pudiera dormir tranquila, sin ronquidos, eso lo oí que lo comentaban en la cena, no se vaya a creer que escucho detrás de las puertas. De las parejas, ya sabe, no se puede decir mucho, uno las ve como las ve, y calla, es lo mejor. Pero de los otros, de esos le puedo contar. Imagínese que les puse una tabla de embutidos, butifarra, y albóndigas, y aquella muchachita anti ronquidos no probó ni pizca. En fin, no es por opinar. Y luego el otro, el de los vídeos, porque montaba vídeos de lo que habían hecho durante el día. Algo aficionado, de esos vídeos que se cortan y se quedan sin voz o sin imagen, en fin, qué le voy a contar. Y el tío ni un minuto sin hablar se quedaba, qué digo ni un minuto; ni un segundo. Y ahí tenías al otro, al flaco, que casi se marcha sin pagarme la tónica, porque esta gente de Madrid no son de fiar, ya sabe, riéndose sin parar del gracioso, que me dejó las sábanas en ascuas, todas llenas de agujeros. Y el de barba; el abuelo cebolleta le llamábamos, cariñosamente, se entiende, toda la cena sonriendo, como si sólo pensara.
- ¿Y no había uno así, raro, como con cara de extranjero?
- No, no que yo recuerde.
Disfruté de aquella cena, una cena que reproducía la de mi “grupo”, del que algunos personajes parecían ir tomando características claras, y otros se diluían, entre los siete y los diez. Disfruté porque Merçé, “la Regenta”, estaba borracha, y me hablaba y hablaba de ellos apasionadamente. Y si bien me había imaginado a la camarera de casa Joanot, como aquella mujer que sacó a Neruda de la virginidad aquella noche entre los maizales, allí estaba yo, sin saber cómo, entre las sábanas de la regenta flaca, cuando la mañana clara me despertó para seguir mi viaje.
Subía dura la pista de grava, y subía dura la carretera para empezar, bajaba de forma rápida y pedregosa y volvía a subir, con tramos durísimos y con mucha piedra. Me imaginaba al grupo, de siete, o de diez, como una línea estirada en el horizonte, como ovejas descarriadas. Aunque, sin saber muy bien porqué había una pareja que no se separaba nunca. Eran, en mi imaginación, como Pili y Mili, pero, y eso era lo divertido, Mili era calvo y Pili tenía el carácter del que no se baja de la burra, ya les hablaré de eso.
Las nubes se habían ido acercando y los rebaños eran como manchas blancas sobre fondo verde y gris acariciando la piedra. Eran rebaños casi infinitos. Al observarlos, fascinado, pensé en aquel hombre de hombros bajos: ¿no era él también un pastor con su rebaño? ¿Y no sería aquel bicho flaco su perro? Como todos los pastores, adquieren su fuerza en situaciones difíciles, en las que las circunstancias se complican. Porque aquel camino, que nos había llevado hasta la ermita de Coll, era ahora una bajada por la que jugarse la vida. Y aquel hombre, pastor de ovejas, predicador de silencios ajenos, director de escena, paradójico caminante del camino del medio, payaso y comerciante, tan conocedor de las palabras como alejado de ellas, bajaba ahora como un equilibrista, tal y como yo me lo imaginaba mientras cargaba mi propia bici al hombro, por aquellas tropelías que Dios había dejado en el camino para permitirle burlarse de él; del mismo Dios. Detrás, su perro pastor, jadeante, intentaba no perder al amo.
La camarera era una mujer grande, una mujerona, vamos; una molinera, para los que buscan tipos. Era de una brusquedad casi indefinible; había algo maternal, amable, en aquel desorden de fuerzas en el que escaseaba la belleza. Allí comí mal. Aunque mi cabeza sólo buscaba la forma de preguntar por “mi grupo”.
-¿No se acordará de un grupo que pasó por aquí hace unos días?
- ¡¡claro!!, - contestó, - nunca olvido una cara.
Me quedé sorprendido. Ante esa respuesta qué podía decir. Sólo me salió una estupidez:
-… de unas diez personas.
- eran siete, - dijo, firme, - a uno le tenían encargado de ir a coger cervezas, porque bebían cerveza, los señores que usted busca, se acabaron todas las San Miguel. Comían como pajaritos y hablaban de más, pero cerveza bebían. Había uno que no decía ni pío, con cara de extranjero, que era catalán, durmió aquí y al día siguiente salió temprano para buscar a los otros. Luego uno con cara de moro; un tipo con barba, de esos que no sabe uno si es Cantinflas, el Ché, o un mendigo que viene a vendertekleanex. Luego una chica, una tisquismiquis, de esas niñas a las que le falta campo, que si no come esto, que si no come lo otro, que si me puede traer la pasta sin tomate, el huevo sin huevo, la cerveza sin alcohol, el café sin cafeína, la leche sin leche. En fin, le exagero, pero a esas niñas les faltan campesinos de manos grandes, ya sabe. Lo convierten todo en un ritual, vestirse, desvestirse, comer, descansar, y, a falta de pan…
- sí, sí, - asentí, sin atreverme a llevarle la contraria
- Había también otra mujer, parecía dulce, sonreía, pero no la oí decir nada. Allí sólo había uno que hablaba, todo el rato, uno de esos tipos que la sacan a una de quicio, y que luego cuando les da unauna voz se esconden con el rabo entre las piernas. Era un tipo sin hombros. Como el que estaba a su lado, al que llamaban “Jarpo”, un medio hombre, sin carne, casi sin cuerpo, de esa gente que parece no haber comido nunca, que parece llevar no otra cosa sino mangas de hambre. Supongo que es a esos a los que busca, se lo noto en la cara. Vaya con cuidado. Shackelton no hay más que uno. Ya me entiende.
Asentí. No tenía ni idea quien era Shackelton.
Gotarta, una pequeña iglesia con paredes iluminadas por el atardecer en la ladera de un valle que parecía estar cayéndose. Una aldea menos aldea que Iran, con más sol y el mismo silencio. Me tumbé en el prado, a descansar, rodeado por el verde. “la maldita circunstancia del verde por todas partes”, como le hubiera gustado decir a Virgilio Piñera, si hubiera vivido por estos lares. Mi imaginación se detuvo, mi tiempo también. Por una vez, ambos coincidían. No fui consciente de ello hasta muchos días después, al recordar una conversación con Merçé, la mujer que regentaba casa Vilaespasa, una criatura delgada, de nariz afilada, catalana hasta las nalgas.
- No sé lo que hicieron por la tarde, pero eran diez y vinieron en dos grupos. Primero cuatro, dos parejas. Comieron, se ducharon, les puse unas hamacas en la “Era”, y, a gozar. Los otros vinieron más tarde, eran seis, y se debieron ir de uno en uno, casi
- ¿diez?-, pregunté, sorprendido.
- Sí, sí, diez. Tres parejas, tres tíos raros, que durmieron juntos para que la cuarta pudiera dormir tranquila, sin ronquidos, eso lo oí que lo comentaban en la cena, no se vaya a creer que escucho detrás de las puertas. De las parejas, ya sabe, no se puede decir mucho, uno las ve como las ve, y calla, es lo mejor. Pero de los otros, de esos le puedo contar. Imagínese que les puse una tabla de embutidos, butifarra, y albóndigas, y aquella muchachita anti ronquidos no probó ni pizca. En fin, no es por opinar. Y luego el otro, el de los vídeos, porque montaba vídeos de lo que habían hecho durante el día. Algo aficionado, de esos vídeos que se cortan y se quedan sin voz o sin imagen, en fin, qué le voy a contar. Y el tío ni un minuto sin hablar se quedaba, qué digo ni un minuto; ni un segundo. Y ahí tenías al otro, al flaco, que casi se marcha sin pagarme la tónica, porque esta gente de Madrid no son de fiar, ya sabe, riéndose sin parar del gracioso, que me dejó las sábanas en ascuas, todas llenas de agujeros. Y el de barba; el abuelo cebolleta le llamábamos, cariñosamente, se entiende, toda la cena sonriendo, como si sólo pensara.
- ¿Y no había uno así, raro, como con cara de extranjero?
- No, no que yo recuerde.
Disfruté de aquella cena, una cena que reproducía la de mi “grupo”, del que algunos personajes parecían ir tomando características claras, y otros se diluían, entre los siete y los diez. Disfruté porque Merçé, “la Regenta”, estaba borracha, y me hablaba y hablaba de ellos apasionadamente. Y si bien me había imaginado a la camarera de casa Joanot, como aquella mujer que sacó a Neruda de la virginidad aquella noche entre los maizales, allí estaba yo, sin saber cómo, entre las sábanas de la regenta flaca, cuando la mañana clara me despertó para seguir mi viaje.
Subía dura la pista de grava, y subía dura la carretera para empezar, bajaba de forma rápida y pedregosa y volvía a subir, con tramos durísimos y con mucha piedra. Me imaginaba al grupo, de siete, o de diez, como una línea estirada en el horizonte, como ovejas descarriadas. Aunque, sin saber muy bien porqué había una pareja que no se separaba nunca. Eran, en mi imaginación, como Pili y Mili, pero, y eso era lo divertido, Mili era calvo y Pili tenía el carácter del que no se baja de la burra, ya les hablaré de eso.
Las nubes se habían ido acercando y los rebaños eran como manchas blancas sobre fondo verde y gris acariciando la piedra. Eran rebaños casi infinitos. Al observarlos, fascinado, pensé en aquel hombre de hombros bajos: ¿no era él también un pastor con su rebaño? ¿Y no sería aquel bicho flaco su perro? Como todos los pastores, adquieren su fuerza en situaciones difíciles, en las que las circunstancias se complican. Porque aquel camino, que nos había llevado hasta la ermita de Coll, era ahora una bajada por la que jugarse la vida. Y aquel hombre, pastor de ovejas, predicador de silencios ajenos, director de escena, paradójico caminante del camino del medio, payaso y comerciante, tan conocedor de las palabras como alejado de ellas, bajaba ahora como un equilibrista, tal y como yo me lo imaginaba mientras cargaba mi propia bici al hombro, por aquellas tropelías que Dios había dejado en el camino para permitirle burlarse de él; del mismo Dios. Detrás, su perro pastor, jadeante, intentaba no perder al amo.
Así los vi, a ellos y a las ovejas, cargando sus bicicletas pedregal abajo, hasta que los perdí bajo la lluvia camino de Espui, donde un señor que parecía Gepeto me negó el bocadillo de las tres, “por tener que limpiar la cocina”, antes de que la lluvia lo inundara todo, y desde el vacío de lo empapado, aquella sopa, aquel codillo, aquel redondo, y esos embutidos mágicos me emborracharan de saciedad, abotargaran mi humor y mi imaginación y me permitieran dormir casi olvidando el motivo por el que estaba en aquel pueblo pirenaico.
Amaneció despejado. Desayunando le sugerí a Gepeto que unos amigos míos habían estado allí hacía poco y me habían hablado muy bien de aquello.
- Por aquí pasa mucha gente, -dijo, secamente, atajando el tema.
Desde allí, la belleza del valle era para muchos la mayor del trayecto. Un valle abierto, descubierto; un espacio para los buitres, un paraíso para los quebrantahuesos que algunos dicen haber visto. Y arriba, en el Coll del Triador, tras 13 kilómetros de animada conversación (porque aquella era la única imagen que tenía de mis dos personajes; eso sé que era real), el frío. Y aunque en mi imaginación hay una mujer a la que casi no oigo, la oigo decir, esta vez, por entre los neveros de la cuerda, con voz grave: “es que dos mil metros son dos mil metros, se mire desde donde se mire”. Y ante tamaña verdad los demás, atónitos frente a la tautología, asienten, incapaces de decir una cosa con menos esquinas.
Amaneció despejado. Desayunando le sugerí a Gepeto que unos amigos míos habían estado allí hacía poco y me habían hablado muy bien de aquello.
- Por aquí pasa mucha gente, -dijo, secamente, atajando el tema.
Desde allí, la belleza del valle era para muchos la mayor del trayecto. Un valle abierto, descubierto; un espacio para los buitres, un paraíso para los quebrantahuesos que algunos dicen haber visto. Y arriba, en el Coll del Triador, tras 13 kilómetros de animada conversación (porque aquella era la única imagen que tenía de mis dos personajes; eso sé que era real), el frío. Y aunque en mi imaginación hay una mujer a la que casi no oigo, la oigo decir, esta vez, por entre los neveros de la cuerda, con voz grave: “es que dos mil metros son dos mil metros, se mire desde donde se mire”. Y ante tamaña verdad los demás, atónitos frente a la tautología, asienten, incapaces de decir una cosa con menos esquinas.
De vuelta a las subiditas se alcanza el Coll de la Portella, entre pistas por las que me imagino ya el cansancio de aquellos a los que sigo. Y, desde allí, enloquecidos seguramente de nuevo por el delirio del descenso, se tiran hacia abajo, hacia la estación de esquí de Espot, y luego hacia Espot; unos, como locos, otros con prudencia, otros con mucha prudencia. Como un juego de caracteres. ¡¡Qué sabia la imaginación, por muy equivocada que presente sus datos!! Qué bien reparte las dosis, qué bien crea equilibrios. Podría darse que todos bajaran con prudencia, que todos bajaran como locos, que todos dieran su brazo a torcer, pero no, como una procesión en la que cada palo sujeta su vela, cada uno en equilibrio con el otro, cada parte, una luz en el dibujo del conjunto. Y el flaco pidiéndole la bici a la mujer del calvo, y ella sin bajarse de la burra, como decía, “que no, que no, que esta es mi burra”, una sonrisa callada pero de “aquí no me bajo”. Me pregunto para que querría el flaco la burra de aquella mujer, teniendo la suya, mucho más sana… Pero creo que estoy desvariando, viendo burras por Alpujarras que son Pirineos en bici, parejas hablando en silencio; siempre es mejor así, es mejor no saber que se dicen en la intimidad las parejas, para no asustarse, contentarse con sus movimientos públicos, que son más verdaderos que la mentirosa palabra. Eso quizá no lo supiera el pastor de ovejas, probablemente un ateo bajando por entre las piedras como Jesús caminando por entre las olas. Santo Dios, qué libertad la del ateo, poder utilizar a Jesús y a Dios por capricho, traerlo y devolverlo sin la pesada carga de la Fé. Pero entonces, ¿qué hay de la justicia? ¿Es también ella un movimiento natural, un reflejo de la ley de Arquímedes?. Si es mi imaginación la que percibe en una imagen la locura y en otra la paz, si mi imaginación organiza equilibradamente los caracteres de aquellos a los que no visto nunca, o de aquellos de los que sólo tiene una imagen, ¿no será la justicia, ese invento humano perdido y fuera las leyes de la naturaleza, también objeto de ellas?
Hasta qué punto se pervierte el pensamiento, hasta qué punto delira la imaginación. Rodeado de verde, me parece sentir la liberación de mis imágenes, anárquicas, desordenadas, libres, cuya hilazón no es ya una necesidad de ellas, sino un indicio de un pasado en el que la lógica me llevaba con correa. Como si sintiera mi ladrido, ladro. El hombre puede ladrar, si así se lo pide la naturaleza, aún cuando la lógica a la que se deba parezca impedírselo. Lo he visto, lo he visto. “El último estadio de la belleza antes de la muerte es la locura”. El valle de Rilke, la “verdad”, no tiene líneas claras, los conceptos humanos son equilibrios ficticios. Ni el tiempo ni la percepción deben ceder a los pormenores de la lógica.
En Espot, tomé algo, aturdido, en la Tasca, una catalana generosa en carnes me sirvió un pan con embutido de la zona.
- ¿No se acordara usted…?, - iba a preguntar.
- ¿Del grupo que busca?, - preguntó ella.
Mi aturdimiento fue total; estos personajes lo saben todo. Mi labor de detective era absurda desde el principio. Ellos sabían desde el principio a quién buscaba, lo que quería oír. La camarera de Joanot, Merçé, y hasta Gepeto sabían lo que necesitaba escuchar de aquel grupo para seguir manteniendo el espíritu de búsqueda abierto. Sabían como hacer enamorarme de mis personajes y de las características de cada uno, más allá de ningún valor. Sabían darme datos confusos para que yo siguiera buscando.
- Eran once, - dijo, - supongo que ya andaba tras la pista, le falta su Ismael.
Esos personajes leían también mi pensamiento. En Espot coincidirían todos; las tres parejas, los tres de la casa de Merçé, la muchacha “del huevo sin huevo”, y aquel extraño catalán extranjero, que es verdad, yo empezaba a considerar nuestro Ismael, un silencioso observador de lo que pasaba, el tercer ojo del grupo, un Gran Hermano que lo ve todo, presente, sin intervenir, que iba y venía como el Guadiana, estar sin estar, no estar estando, esa cualidad de la que iba a ser princesa: “no venga por el camino ni por fuera del camino, ni desnuda ni vestida, ni andando, ni corriendo” Y fue con una red sobre su piel desnuda, dando saltitos por el borde del camino. Y así fue Princesa. Un Isamel, un marcado. Si tuviera una hija, ella probablemente sería elegida por el hombre sin hombros o por el hombre flaco.
- ¿No tendrás una hija, Edgard?, - le preguntarían al día siguiente, en el santuario de Montgarry.
En Casa Masover dormí bien, era un refugio pero no había nadie, así que tenía una habitación para mi. Tras la Ermita de románico lombardo había un camino, me llevaría junto al río que es la vida, el agua que pasa y que pasa mientras uno la observa desde el puente, sin miedo, sin querer detenerla, me haría atravesar el bosque de las sombras; no otra cosa que la oscuridad de la belleza, el azar de la imaginación, el útero del mundo, y, después, desde la cumbre, allí desde donde se siente la distancia que hay entre lo humano a lo divino, dejarse caer por pistas rápidas y pedegrosas a la vera del barranco, por sendas estrechas y reviradas como un día de feria o por la montaña rusa de los caminos empinados. El gran juego de la luz, en un solo día.
En Espot, tomé algo, aturdido, en la Tasca, una catalana generosa en carnes me sirvió un pan con embutido de la zona.
- ¿No se acordara usted…?, - iba a preguntar.
- ¿Del grupo que busca?, - preguntó ella.
Mi aturdimiento fue total; estos personajes lo saben todo. Mi labor de detective era absurda desde el principio. Ellos sabían desde el principio a quién buscaba, lo que quería oír. La camarera de Joanot, Merçé, y hasta Gepeto sabían lo que necesitaba escuchar de aquel grupo para seguir manteniendo el espíritu de búsqueda abierto. Sabían como hacer enamorarme de mis personajes y de las características de cada uno, más allá de ningún valor. Sabían darme datos confusos para que yo siguiera buscando.
- Eran once, - dijo, - supongo que ya andaba tras la pista, le falta su Ismael.
Esos personajes leían también mi pensamiento. En Espot coincidirían todos; las tres parejas, los tres de la casa de Merçé, la muchacha “del huevo sin huevo”, y aquel extraño catalán extranjero, que es verdad, yo empezaba a considerar nuestro Ismael, un silencioso observador de lo que pasaba, el tercer ojo del grupo, un Gran Hermano que lo ve todo, presente, sin intervenir, que iba y venía como el Guadiana, estar sin estar, no estar estando, esa cualidad de la que iba a ser princesa: “no venga por el camino ni por fuera del camino, ni desnuda ni vestida, ni andando, ni corriendo” Y fue con una red sobre su piel desnuda, dando saltitos por el borde del camino. Y así fue Princesa. Un Isamel, un marcado. Si tuviera una hija, ella probablemente sería elegida por el hombre sin hombros o por el hombre flaco.
- ¿No tendrás una hija, Edgard?, - le preguntarían al día siguiente, en el santuario de Montgarry.
En Casa Masover dormí bien, era un refugio pero no había nadie, así que tenía una habitación para mi. Tras la Ermita de románico lombardo había un camino, me llevaría junto al río que es la vida, el agua que pasa y que pasa mientras uno la observa desde el puente, sin miedo, sin querer detenerla, me haría atravesar el bosque de las sombras; no otra cosa que la oscuridad de la belleza, el azar de la imaginación, el útero del mundo, y, después, desde la cumbre, allí desde donde se siente la distancia que hay entre lo humano a lo divino, dejarse caer por pistas rápidas y pedegrosas a la vera del barranco, por sendas estrechas y reviradas como un día de feria o por la montaña rusa de los caminos empinados. El gran juego de la luz, en un solo día.
Mis personajes gozarían en aquel día nublado, si cogían el sendero de la Ermita. Hoy, aquel día, yo mismo les perseguiría, vería la marca de sus bicis; siete, diez u once, como si fueran reales. Y, después, despojado de mis dudas, volvería a casa. Dejaría la universidad para siempre para volver una y otra vez, como un loco, por el camino de la Ermita.
martes, 19 de mayo de 2009
SERRANIA DE CUENCA - 15/16 - 05 -2009
El fin de semana se presenta soleado y apetece hacer alguna ruta serrana para aprovechar estos primeros días de calor-calor y disfrutar de la naturaleza en su mejor momento, y como el colega Fernando Bicicalzada quiere explorar algunos caminos por la Serranía de Cuenca, cojo los trastos de pedalear y allá que me voy.
A las 10 de la mañana estamos en Las Majadas, pequeño pueblo al que se llega después de un trecho por una infernal carretera de montaña, y nada mas llegar nos disponemos para empezar la ruta. Prácticamente nada mas salir estamos rodeados de un inmenso pinar y el lozano verdor de las praderas alegra la vista, asi que avanzamos placidamente disfrutando de la silenciosa tranquilidad apenas rota por el persistente canto del cuco.
De cuando en cuando algún grupo de ciervos huye en cuanto advierte nuestra presencia y apenas nos dan tiempo a desenfundar las cámaras de fotos para llevarnos alguna imagen a casa. La ruta es una mezcla de pistas en buen estado con otros tramos en los que la rodada esta mas perdida, y tenemos que andar con cuidado porque los espinosos agracejos y aulagas abundan peligrosamente, tanto que acabamos pinchando varias veces. Una sinuosa vereda nos lleva en rápido descenso por un ramblazo que termina justo en las impresionantes vistas desde lo alto de los cantiles que se asoman sobre el río Jucar y la laguna de Uña.
Nos deleitamos un buen rato desde esta altura, viendo a los buitres despegar de las rocas por debajo de nosotros y ascender deslizándose sin esfuerzo. Durante un largo tramo la pista es un sube-baja bastante exigente, aunque la visión del cortado nos acompaña y distrae del esfuerzo, hasta que poco a poco el fondo de la barranquera va ascendiendo al encuentro de las cimas y alcanzan su nivel justo cuando llegamos a un rincón curioso, Los Callejones, una pequeña Ciudad Encantada que recorremos, callejeando entre los paredones que componen un peculiar laberinto con agradables rincones y estrechos pasajes.
Ya pesan las piernas y protesta el trasero, así que sin mas retrasos pedaleamos hasta el punto de partida. Nos alojamos en Uña, el albergue esta vacío y somos los únicos alojados. El entorno es agradable y tranquilo, tenemos chimenea en la habitación y cuando volvemos de cenar hace un calor agobiante pero estamos cansados y nos dormimos como si nada.
Por un euro barra libre para el desayuno, el albergue dispone de todas las viandas habituales : colacao, zumos, mermeladas, tostadas, magdalenas, sobaos…. de todo, así que bien alimentados nos ponemos en marcha antes de que empiece el calor. Ascendemos por una ladera con grandes espacios despejados entre pequeños bosquetes y nos cruzamos con un buen numero de ciervos que pastan tranquilos hasta que nos ven y trotan con cierto relajo hasta las espesuras.
La ruta es un exigente deambular por la multitud de pistas que se entrecruzan subiendo y bajando las laderas que rodean el contorno del embalse de la Toba, una alargada balsa que retiene el agua del río Jucar y que apenas vislumbramos de vez en cuando al fondo de la multitud de valles, vallejos y barrancos que cruzamos en nuestro errante rodeo. Toda la zona es un agreste bosque de pinos, con algunos portentosos ejemplares de enebros de troncos retorcidos y ajados, el pertinaz cuco insiste con su profundo soniquete y una liebre miope se nos acerca distraída sin percatarse de que estamos delante de ella.
Buscamos y localizamos un geocaché, aunque no lo cogemos porque esta bastante mal situado y es peligroso acceder a el así que ahí se queda sin abrir. Asi vamos pasando el día, hasta que el cansancio empieza a hacer mella, tenemos un par de perdidas por senderos sin salida y acabamos buscando la mejor forma de volver lo antes posible y con el menor esfuerzo, lo que conseguimos tomando una carreterilla que nos lleva hasta el pequeño pueblo de Beamud, y desde aquí pedaleamos cansinos por el asfalto hasta Uña, donde unas cervecitas nos reaniman. Yo me vuelvo a casa, pero Fernando se queda un par de días por aquí, ya nos contará que tal le ha ido.
martes, 12 de mayo de 2009
PARQUE REGIONAL DEL RIO GUADARRAMA 12,05,2009
Sin madrugar, con tranquilidad, y con el chubasquero, porque unos nubarrones sospechosos me estaban haciendo dudar, al final como siempre ha salido una ruta de lo mas chula, fácil y entretenida, y he rodado por algunos tramos inéditos.
La ribera del Guadarrama está increíble de verdor, a un lado el encinar de Romanillos y el bosque de ribera al otro, con altos y frondosos álamos y fresnos, una bacanal de trinos acompaña el dulce y cómodo rodar de los primeros kilómetros, algún que otro conejo aprovecha el frescor para echarse al coleto un poco mas de hierba y me observa con recelo y tensión, unos deciden salir corriendo pera ocultarse, pero otros me examinan disciplentes mientras me alejo.
El cielo se ha quedado despejado y se empieza a notar un calor un tanto húmedo, y me toca padecer mas de lo que esperaba en el prolongado ascenso desde la Escuela de Vuelo de Villanueva hasta llegar a la vieja carretera hacia Colmenajero. Al poco decido investigar por las vías pecuarias que descienden nuevamente hacia el río y atravieso por tramos semisalvajes, en algún tramo el sendero es apenas una huella de arena que zigzagea entre las retamas. Un zorro de aspecto raído y tiñoso surge de unos matorrales y se detiene unos segundos mirándome con rigidez antes de desaparecer de un salto.
Desde la Urbanización de las Cuestas me adentro en una zona que tenia ganas de reconocer, transitando por un magnifico monte de aspecto solitario y multitud de cárcavas y pequeños barrancos surcan el bravío paisaje. El bochorno ha hecho enmudecer a los pájaros, solo de cuando en cuando alguna paloma levanta ruidosamente el vuelo asustada por mi presencia.
Alcanzo la Cañada de las Merinas y un rápido descenso me lleva hasta el puente del Retamar, excelente lugar donde descansar y tomar el avituallamiento.
Alcanzo la Cañada de las Merinas y un rápido descenso me lleva hasta el puente del Retamar, excelente lugar donde descansar y tomar el avituallamiento.
El frescor del soto acompaña el ultimo trecho de la ruta río abajo, completando así un agradable trayecto.
martes, 5 de mayo de 2009
BOADILLA - EL ESPINAR (ESTACION) 04.05,09
Parece que esta primavera me está afectando al ánimo, y me cuesta muchisimo ponerme a pedalear. Ayer me acosté pensando en dar una vuelta tranquila para aprovechar el buen tiempo que por fin disfrutamos, pero cuando me levanto me planteo y replanteo el tema, desayuno tranquilo, voy, vengo, que hago, que no hago… en una de estas se me ocurre pesarme…¡¡¡ la madre del cordero!!! … si no es que me pese el ánimo, lo que me pesa es el cuerpo. Preparo el macuto mientras voy rumiando que ruta hacer, tengo pendiente un track preparado para visitar a mi cofrade y amigo Esteban, en su casa de El Espinar, asi que cargo el Gps y allá voy.
Como la ruta es larga y presumo que dura la he trazado por pistas por las que rodar mas o menos comodamente hasta la sierra, y efectivamente el paseo es agradable, el campo esta que revienta de verde, las jaras florecidas iluminan el monte y allá al fondo la sierra se adorna con grandes manchas de nieve. La ruta, hecha con recortes de aquí y allá, es perfecta, salvo un par de cortes que consigo evitar y un corto tramo de selva-bike en el que tengo que compartir el camino con el arroyo y las zarzas.
A las afueras de Los Molinos el perfil se empieza a poner serio y el Camino de La Solana hace honor a su nombre y me toca sufrir una calorina importante, ademas del suelo pedregoso y la pendiente a tramos durisima, cuando consigo llegar a la linea del pinar me dejo caer en la sombra y descanso un buen rato bajo los graznidos de protesta de un cuervo que se ha posado unos metros por encima de mi. Por fin llego cerca del puerto de Los Leones.
La senda del Arcipreste, trialera a ratos y rapida senda en su tramo final me deja junto a la zona recreativa de la Panera, en el valle del Rio Moros, ya solo queda pedalear por el asfalto hasta la estación. La ruta aunque no lo parezca es bastante petante, siempre picando hacia arriba y con el remate de la subida final.
..... Y me va a tocar repetirla, porque Estebita se habia escaqueado, asi como no le va a durar la obra, mecachis
miércoles, 1 de abril de 2009
ESTAMBUL 24 a 29 de Marzo de 2009
PROLOGO


En apoyo de la Alianza de Civilizaciones, "La Rápida" se ha propuesto contrastar el nivel de los chiringuitos en Turquía, que por algún sitio hay que empezar, para lo cual se ha constituido un comando internacional que analice la cerveza Efes y la calidad de las tapas y aperitivos en Estambul. Asi que equipo y equipaje partimos de Barajas el 24,03,2009 y después de 4 horitas y de pagar 10 euritos por el sello de colorines que es el visado de entrada, estamos en una abultada cola soportando un tedioso control de pasaportes. Voilá.
Parece ser que en el trayecto desde el aeropuerto hasta la ciudad suele emplearse como hora y media, por los atascos, pero como es bastante tarde nosotros tardamos menos de media hora en estar a las puertas del Hotel President, con buena pinta y situado en la parte antigua de la ciudad, una acertada recomendación de nuestra cofrade Mar.
Parece ser que en el trayecto desde el aeropuerto hasta la ciudad suele emplearse como hora y media, por los atascos, pero como es bastante tarde nosotros tardamos menos de media hora en estar a las puertas del Hotel President, con buena pinta y situado en la parte antigua de la ciudad, una acertada recomendación de nuestra cofrade Mar.
Apenas instalados nos vamos a cenar y nos dejamos caer, casi literalmente, por la pendiente de la callejuela que nos lleva al puerto pesquero de Kumkapi. Primera curiosidad: Las bolsas de basura se reciclan, o sea que sacan la bolsa a la calle y vacían su contenido sobre el adoquinado, y la bolsa para adentro otra vez, asi que montones de residuos adornan nuestro paseo hasta una placilla donde miles de lucecillas iluminan la zona de restaurantes, a cada paso nos asaltan los camareros mostrándonos la carta del menú invitándonos a entrar en su local. Apenas quedan algunos puestos de pescado abiertos y después de un breve paseo nos dejamos convencer y entramos en una terraza acristalada junto al mar. 30 segundos y Yusuf y yo somos amigos de toda la vida, que digo amigos, uña y carne. Hemos tenido suerte y la cena resulta aceptable y agradable, buena forma de empezar el periplo.
DIA 1
Quedamos a las ocho (hora local, una mas que en España) pero yo me despierto a las 6 y me voy a dar un paseo, solo para constatar que madrugar no es lo suyo, yo esperaba ver actividad en el puerto, pero aparte de las vocingleras gaviotas y de alguno que sale a corretear, solo veo a policías y taxistas durmiendo dentro del coche con el motor en marcha y supongo que la calefacción puesta.
Las vistas desde el ultimo piso del hotel son magnificas y vamos calentando motores mientras tomamos el desayuno y por supuesto las primeras fotos. El día esta entreverado, sol y nubes, y bastante fresquito.
Las calles empiezan a tener ambiente y mientras paseamos relajadamente hacia la zona monumental, ya tenemos que decir que no a toda clase de ofrecimientos. Se nos enrolla en perfecto castellano un paisano, nos detalla una breve guía de lo que no nos podemos perder y siguiendo sus consejos vamos primero hacia la Mezquita Azul, antes de que empiece la oración.
La descripción de los monumentos está en cualquier guía, el Hipódromo con sus obeliscos (el egipcio nos hace dudar por su perfecto estado después de 3500 años), La Mezquita del Sultán Ahmet ó Mezquita Azul ¿porqué las catedrales cristianas son tan oscuras y las mezquitas musulmanas son todo luz y color?, Santa Sofía, siempre en obras efectivamente. Escondida en el subsuelo otra verdadera catedral, las Cisternas, sorprendente.
Hora de comer, cerca hay zona de restaurantes y nuevamente nos asaltan con ofertas, pero llevamos una recomendación y a ella nos dirigimos, el colega nos ve llegar de lejos y observa con sonrisa disciplente como regateamos a todo el que nos sale al paso con la seguridad de que vamos directo a sus brazos, nos da un poco el rollo con el fútbol y la verdad es que la comida esta bastante bien, además descubrimos el Baklava, un poste típico turco a base de hojaldre, miel y pistachos que nos tendrá enganchados el resto del viaje. ¡ah! Y la cerveza Efes muy bien, y el vinito turco también da la talla.
Nos dirigimos hacia el palacio de Topkapi, pero sobre la marcha cambiamos de rumbo y enfilamos hacia el barrio portuario de Eminonü y el puente Gálata, en la entrada del Cuerno de Oro. Gente, ruido, taxis, autobuses, barcos, colorines, olores, bullicio, la zona es un caos de sensaciones. Cientos de pescadores apostados a lo largo del puente manejan sus cañas al parecer con acierto ya que casi todos tienen unos cuantos pescaditos, pezqueñines eso si, en el cubo.
Cruzar la calle es un arte que los locales dominan sobradamente, pero para nosotros es una estresante aventura buscar un hueco entre los coches que circulan rápidos e indiferentes. Una empinadísima escalera nos deja a los pies de la torre Gálata, y un ascensor nos deposita en lo alto, desde sus 60 mts hay unas buenas vistas esta parte de la ciudad, un conjunto abigarrado de
edificios coloreados sobre los que destaca la multitud de minaretes que escoltan a otras tantas mezquitas,
edificios coloreados sobre los que destaca la multitud de minaretes que escoltan a otras tantas mezquitas,
La calle Istiklal es el corazón de la parte moderna, y paseamos distraídamente entre una marea de gente y escoltados por tiendas de todas las marcas conocidas en la calle Preciados. Plaza de Taksim, llueve a mares y va siendo tarde, unas buenas cervezas y una cena un tanto cutre, alguno hay que no acertó en la comida y que en la cena ha fallado del todo, o sea 0-2.
Funicular y tranvía y ya estamos en el hotel, el abuelo y la nieta se han encargado de conseguir hielo y coca-cola, hacemos el botellón en la 102, mañana será otro día.
Funicular y tranvía y ya estamos en el hotel, el abuelo y la nieta se han encargado de conseguir hielo y coca-cola, hacemos el botellón en la 102, mañana será otro día.
DIA 2
¡ale hop! Puntuales al desayuno, y vamonos a Topkapi. Un extenso conjunto palaciego, harem, salones, saloncitos y pabellones, tesoros y jardines, a las guías me remito. Personalmente lo que mas me fascina son las vistas del Bósforo y el Cuerno de Oro, una imagen que supongo parecida a la de hace miles de años, con su incesante trasiego de barcos. Multitud de grupos y visitas organizadas pululan por el lugar, y algunas colegialas que con risitas y desparpajo le tiran los tejos a Esteban, le dejamos que se lo crea y le damos palmaditas de reconocimiento y envidia, hasta se nos pone colorado y con sonrisa de pillo.
En plena pasión turca y por casualidad paramos a comer en la casa de la Medusa, donde se rodaron algunas tórridas escenas de la famosa película. Comemos bien y nos reímos un montón, o sea justo a lo que íbamos. No sé si los españoles somos turistas habituales en Estambul, o que nos hacemos notar, o que compramos mucho, pero alguna explicación tiene que haber para que en el Bazar Egipcio, o de las Especias, multitud de carteles en castellano reproduzcan algunas frases conocidas, ."mas barato que Carrefou" "que pasa contigo neng" "sábado sabadete…" además casi todos los vendedores nos provocan en castellano, o en catalán, vamos que se nos ve en la cara. Como tenemos las liras calentitas hacemos las primeras compras, alguno/a incluso hasta las segundas, y hay algún escarceo en el arte/desastre de regatear.
Para rematar el día nos damos un baño turco en el hamman, una gozada. Envueltos en un pareo bajamos las escaleras hasta la entrada, una amplia sala con un alto techo en forma de cúpula. Alrededor de una gran plancha de mármol hay varias fuentes con agua fría y caliente. El aire húmedo, la pintura desconchada, el ambiente cutre, una decena de bañistas sudamos tumbados aquí y allá. Los masajistas, turcos-turcos, bigote, tripudos, cachete por aquí, meneito por acá te colocan en junto al borde del caliente mármol y te dan una buena frotada con guantes de crin, te sueltan encima una montaña de espuma y te rebozan y refriegan por delante y por detrás, después te descoyuntan con un masaje potente. Nada de fashion, nada de glamour, todo autentico, genuino, una gozada. Las chicas tienen estancias separadas, asi que lo suyo si quieren que lo cuenten ellas, aunque sabemos que se rieron un montón.
Para la cena repetimos en Kumkapi, Yusuf me ha echado mucho de menos y nos recibe con saludos efusivos. Hoy el cubata en la 104.
DIA 3
Brevemente vistamos una pequeña pero grandiosa mezquita antes de, Eminonü muelle 6, embarcarnos en un ferry rumbo a Eyüp, recorremos el Cuerno de Oro alternando las paradas en ambas orillas del brazo de agua. La ciudad se derrama sobre las colinas en apretados barrios bajo lo omnipresente silueta de los alminares (joé que bonito ma quedaó ¿que no?).
Brevemente vistamos una pequeña pero grandiosa mezquita antes de, Eminonü muelle 6, embarcarnos en un ferry rumbo a Eyüp, recorremos el Cuerno de Oro alternando las paradas en ambas orillas del brazo de agua. La ciudad se derrama sobre las colinas en apretados barrios bajo lo omnipresente silueta de los alminares (joé que bonito ma quedaó ¿que no?).
Desembarcamos y nos dirigmos hacia la mezquita de Eyüp, donde esta enterrado un colega de Mahoma y tercer lugar de culto del Islam. O por ser viernes, o porque hay una visita oficial, o por lo que sea, el caso es que en la zona hay un jaleo de mil demonios (¿hay demonios en el Islam?), largas colas para acceder al lugar, y cientos, cientos de policías tienen tomados los alrededores. En una calle un grupo de antidisturbios con uniforme de robocop acongojan solo con verlos, hasta las turca-policías tienen pinta de repartir con ganas. ¡Quítate de mi vista y tira para allá que te arreo! Me lo ha dicho en turco pero he entendido perfectamente al policía al que he ido a pregunta por el funicular que queríamos tomar, asi que subimos andando.
Otra fantástica vista nos espera en el café de Pierre Loti, en la cima de la colina sobre la que se asienta un extenso cementerio. Desde la terraza podemos relajarnos con un té y con los plateados reflejos del agua, que parece que por esta parte del mundo también sale el sol. Una larga caminata, esta ciudad es inacabable, y con ayuda de un amable chaval llegamos a San Salvador en Chora. Pequeña y coqueta iglesia que conserva una buena colección de frescos y mosaicos bizantinos.
La auténtica aventura del día : cogemos 3 taxis, una experiencia demencial, un trafico imposible, todo atascado pero nadie se está quieto, todos los coches buscan un hueco por donde meter el morro, se saltan las medianas, los semáforos y lo que haga falta, lo bueno es que todos parecen tomárselo con filosofía, apenas hay pitidos ni cabreos aparentes, me la haces, te la devuelvo si puedo y si no chuleo a otro, y todos tan amigos.
Junto a Cemberlitas hay un verdadero ejercito de policía, acaba de pasar una mani y vemos a alguno que le han sobado el morro, nosotros comemos y entramos en el Gran Bazar. Una autentica decepción, un mercadillo de baratillo con pocas cosas que llamen la atención, aunque de todas formas hacemos algunas compras. Tras varias vueltas todo parece lo mismo y además están cerrando…hasta tiene horario. Tocamos a retirada.
DIA 4
Here comes the sun, por fin amanece con el cielo despejado, fenómeno, porque el plan del día es hacer un recorrido marinero por el Bósforo. Antes intentamos visitar la Mezquita de Suleymaniye pero está de obras y apenas se puede acceder al corredor de entrada, una pena porque parece bastante impresionante.
El barco ha zarpado y empieza a alejarse mientras nos intentan vender el paseo, no problem, le avisan y vuelve a acercarse al muelle para que subamos Está a tope y nos acoplamos como podemos, el día engaña y la verdad es que hace un fresquito desagradable. El barco remonta el estrecho acercándose a la orilla europea para después volver junto a la orilla asiática. Hoteles de lujo, discotecas, restaurantes, mezquitas, palacios, los puentes intercontinentales y casas residenciales de madera, que están siendo reformadas o construidas a la forma tradicional, multitud de pescadores y el abundante trafico marítimo amenizan la excursión durante las cerca de dos horas que dura el trayecto.
Ya de vuelta, y después de degustar en plena calle un plato típico de hojaldre con queso, visitamos la mezquita Yeni. Es la hora de los rezos y hay bastantes orantes postrándose sobre las alfombras, nosotros como somos infieles nos vamos de compras. Cargamos de recuerdos, regalitos y encargos y otra vez al puerto, tenemos que hacer una visita a la parte asiática, a degustar la que dicen es una de la mejores puestas de sol, asi que vemos anochecer junto a la torre de Leandro.
Estamos en la recta final, y ya de vuelta a la orilla europea nos acercamos hasta el barrio Ortakoy, junto al iluminado puente intercontinental, y nos metemos en un bareto a comernos unas enormes patatas asadas rellenas típicas de la zona, entre risas y cervezas.
Mañana madrugón y de vuelta, yo creo que Estambul se merece un notable.
Mañana madrugón y de vuelta, yo creo que Estambul se merece un notable.
jueves, 12 de marzo de 2009
MURCIA 7-8 /03 /2009
La primavera ya asoma por el horizonte, pero nosotros no podemos esperar mas y acudimos a su encuentro, nos vamos donde vive el sol. El viaje lo hago con Germán, no me da un ruido, después de parar a tomar algo -unos zarajos cojonudos- le pongo música y se queda frito un buen rato, se espabila lo justo para guiarme hasta la casa, no sin perderme por las calles de Alhama. Nos reunimos en Gebas, una pequeña población en las estribaciones de Sierra Espuña, somos una docena de Biciglotones ocupando una finca con tres rústicas casas perfectamente acondicionadas. En otros alojamientos hay otros tantos excursionistas.
Sábado 7-3-2009 . Mazarrón-Castillitos
Después de varias peripecias conseguimos aparcar cerca de la Azohia. Somos ocho bikers -el resto se ha desplazado a Águilas- los que empezamos a rodar relajados por la playa y el paseo marítimo en medio de una atmósfera de diversión. Pedalear junto al mar es una experiencia gratificante, de júbilo infantil, no puedo dejar de recordar Verano Azul, y silbaría la canción si supiera hacerlo, como no sé solo sonrío feliz.
Hay un dicho " que poco dura la alegría en casa del pobre " que viene que ni pintado cuando veo la larga y pedregosa rampa que tenemos que subir, un par de compis ya han echado pie a tierra y yo no tardo en imitarles, el resto son unos auténticos machacas y suben del tirón.
Cuando remontamos el primer colladito se nos muestra un paisaje deslumbrante, el acantilado rodea la amplia bahía que da entrada a Cartagena, un mar en calma acoge varios navíos y transmite una sensación de placentera quietud.
Descendemos por una pista pedregosa que zigzaguea por las barranqueras, por un terreno que puede parecer un áspero secarral, pero en la distancia corta es un torrente de sensaciones, el color turquesa del mar, las amarillas genistas, el cárdeno del cantueso, fragancias de romero y tomillo, la amplitud del horizonte.
No podemos escaparnos de la necesidad de hacer fotografías, intentando vanamente atrapar este espacio casi mágico, así que tardamos en volver a remontar la pendiente por una renovada pista que nos deja junto a las remozadas construcciones de una antigua batería de cañones que corona el cabo Tiñoso.
El grupo se parte por la mitad, unos quieren mas y continúan pedaleando por ramblas y collados, otros nos damos por satisfechos y rodamos tranquilos para descender nuevamente hasta el punto de partida, completando una muy gratificante excursión.
Domingo 8-3-2009 Sierra Espuña
Benito , nuestro guía y compañero, se ha puesto serio con la hora de salida y ocurre algo insólito a las 9,15 estamos todos junto al Centro de Interpretación de Fuente del Hilo, esto será un hito en la historia del grupo y no descarto que sirva como ejemplo para futuras generaciones. Estamos todos tan asombrados que nos recreamos montando y repasando las bicis, con lo que todavía tardamos un buen rato en ponernos en marcha.
Un largo ascenso por una cómoda pista a la sombra del pinar y cada cual va buscando acomodo en el grupeto que parece mas afín a su ritmo. Yo me quedo en medio, perezoso y distendido, disfrutando del paisaje. Hago unas cuantas fotos y decido ponerme un poco de ritmo. Pablo baja buscando voluntarios para ruta larga a la que me enrolo, reuniéndonos en Collado Bermejo diez bikers.
Un corto refrigerio y nuevamente en camino, la pista sigue ascendiendo mientras va girando hacia el norte, rodeando toda la sierra y mostrando unas esplendidas vistas de toda la zona, desde los campos de plástico hasta las nevadas cumbres de la Sagra. Los últimos kms son mas sufridos, el terreno pedregoso exige bastante esfuerzo y tengo que echar pie a tierra de cuando en cuando. Tras 20 km de dura ascensión estamos a 1500 mts de altitud, cerca de la cumbre del Pico Espuña, que se adorna con un grupo de radares.
Los primeros tramos del descenso son agradables aunque rápidos, pasamos junto a restaurados pozos de nieve rodando por una amplia pista y un tramo de asfalto. Después un tremendo descenso trialero, las 2000 curvas lo llaman, rápidos zigzag exigentes en técnica y atrevimiento nos hacen perder altura rápidamente, yo por supuesto he bajado los trechos mas arriesgados a pata preguntándome como es posible que estos zumbados bajen por aquí como si nada.
Desembocamos en la carretera que asciende nuevamente hacia Collado Bermejo y subimos un par de kms . De nuevo el grupo se divide, los machacas quieren mas y se desvían para bajar por una supertrialera, los machacados decimos basta y nos dejamos caer por una entretenida pista que surca el barranco del rió Espuña y nos lleva como una exhalación hasta el inicio y fin de la ruta.
Una buena comilona marca el fin de la escapada, ha sido corto pero intenso.
Mis mejores agradecimientos para nuestro compadre Benito, que nos ha guiado, organizado y aguantado con paciencia. Gracias a él ha salido todo muy BONICO.
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